Juan Carlos Parra

El poder de ser un amado

Juan Carlos Parra

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EL PODER DE SER UN AMADO Introducción Esta semana tuve una bonita experiencia (en medio de otras algo amargas): en la misma noche, Caleb tuvo un sueño que marcó su vida y yo recibí respuesta en cuanto a comprarle o no el coche a mi padre. Al despertar hubo un pasaje que golpeó mi corazón: Salmo 127:2 pues Él da a su amado aun mientras duerme Ser es superior al hacer: el principio espiritual del Salmo 127 El Salmo 127 comienza con una afirmación radical que desmonta toda espiritualidad centrada en el esfuerzo humano: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.» «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues a su amado dará Dios el sueño.» (Salmo 127:1-2, RVR1960) Aquí se establece un principio eterno: ninguna obra tiene peso eterno si Dios no está en su origen, su centro y su sustento. El texto no desacredita el esfuerzo, sino la autosuficiencia. No critica el hacer, sino el hacer separado del ser. Sin Dios, todo hacer es vano. Con Dios, el ser “amado” transforma completamente el hacer. La palabra clave del pasaje no es “sueño”, ni “trabajo”, ni “pan”. La palabra clave es amado. Dios cuida a sus amados. “Amado” en el Antiguo Testamento La palabra hebrea traducida como “amado” es Yadid. No describe una función ministerial, ni un logro moral, ni una posición social, describe una relación íntima y afectiva. Cuando Moisés bendice a las tribus de Israel, dice de Benjamín: «A Benjamín dijo: El amado (Yadid) de Jehová habitará confiado junto a él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará.» (Deuteronomio 33:12) Aquí se concentran tres grandes verdades del amado: confianza, cobertura y cercanía. El amado no vive a la intemperie espiritual; vive bajo cuidado constante. El salmista ora: «Para que se libren tus amados (Yadid), salva con tu diestra, y respóndeme.» (Salmo 60:5) Daniel: el muy amado En el libro de Daniel aparece una expresión que define toda una vida: «Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré…» (Daniel 10:11) Y de nuevo: «No temas, varón muy amado; paz sea contigo; esfuérzate y aliéntate.» (Daniel 10:19) Daniel no es presentado ante el cielo por su cargo político, ni por su disciplina espiritual, ni siquiera por su don profético, sino por su relación: muy amado. A los muy amados Dios les confía revelaciones profundas, les comunica sus planes y les fortalece en medio de contextos hostiles. El amado oye la voz de Dios y recibe fuerzas para seguir adelante. Dios invierte en lo que ama: una verdad reveladora Invertimos en aquello que amamos. Ajustamos prioridades, destinamos recursos, protegemos y cuidamos lo que tiene valor para nosotros. El amor siempre busca el bien del amado. Mi experiencia con mi perrito... Gastamos en él, aunque nos cuesta, pero ya es un deber, porque le tenemos cariño. La Escritura revela que Dios actúa exactamente así: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32) Dios ya ha hecho la mayor inversión imaginable: entregó a su Hijo amado. Si eso es verdad —y lo es—, entonces todo lo demás queda claro. Dios no puede evitar buscar nuestro bien, porque nos ama. Los beneficios de ser un amado La Escritura muestra una y otra vez qué produce esta identidad: 1. Descanso – “A su amado dará Dios el sueño.” Salmo 127. 2. Protección – “Habitará confiado.” Benjamín. 3. Revelación – Como a Daniel. 4. Autoridad espiritual – Jesús, el Hijo amado. 5. Dirección – Dios habla al amado. “Este es mi Hijo Amado”. Ser amado no es un título pasivo, es una posición poderosa. Jesucristo: el Hijo amado Toda la Escritura se centra en una persona: Jesucristo. La identidad de “amado” alcanza en Él su máxima expresión. Antes de predicar, antes de hacer milagros, antes de elegir discípulos, el Padre declara públicamente: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complace

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