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Un fascinante estudio recién salido del horno, publicado este mismo 11 de marzo de 2026 en la prestigiosa revista de acceso abierto PLOS ONE, ha venido a darle un buen bofetón a nuestro ego antropocéntrico. La investigación, liderada por la psicóloga Ursula Hess, de la Universidad Humboldt de Berlín, demuestra de manera concluyente que los humanos percibimos las expresiones emocionales de otros primates y las imitamos espontáneamente. La piedra angular es lo que los neurocientíficos y psicólogos llaman "mimetismo emocional". Es un reflejo neurológico automático que tarda apenas fracciones de segundo en producirse, y es el ladrillo fundamental sobre el que se construye la empatía humana. Es lo que nos permite conectar, crear lazos sociales y literalmente "sentir" lo que el otro siente. El equipo de Ursula Hess diseñó un experimento online en el que se les mostraron vídeos muy cortos a más de 200 voluntarios en los que aparecían diferentes monos y simios. En primer lugar, los humanos demostraron ser extraordinariamente hábiles para etiquetar las emociones de los simios. Al terminar cada vídeo, debían puntuar si el gesto era positivo o negativo y asignarle etiquetas de emociones discretas como enfado, felicidad, miedo, tristeza o asco. Pero la bomba vino de los datos que recogieron las cámaras. Los humanos imitaron las expresiones de los simios de manera espontánea. Nuestras caras, literalmente, estaban entrando en resonancia con las emociones de seres de otra especie.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.