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La obra se titula 'Becoming Martian: How Living in Space Will Change Our Bodies and Minds' (Convirtiéndose en Marciano: Cómo vivir en el espacio cambiará nuestros cuerpos y mentes). Y el argumento central de Solomon es que, a lo largo de millones de años, la selección natural ha moldeado al Homo sapiens para vivir en la Tierra. Nuestros cuerpos, la densidad de nuestros huesos, el sistema inmunológico, nuestros ritmos circadianos... Todo está calibrado al milímetro para una gravedad de 9,8 metros por segundo al cuadrado, para una presión atmosférica concreta y al amparo protector de nuestro campo magnético. Si los seres humanos se trasladasen a Marte, su evolución sería distinta. Afectaría a los huesos, la piel, al crecimiento de los niños e, incluso, a la reproducción humana y al nacimiento. El resultado serían cabezas grandes, cuerpos pequeños y frágiles, pieles de colores extraños para resistir la radiación. La imagen clásica de los alienígenas de ciencia ficción podría ser simplemente el espejo de nuestro propio futuro evolutivo en el espacio.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.