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Durante la última década, los investigadores han estado mapeando más de 1.500 túneles gigantescos. Se trata de conductos que alcanzan casi los 600 metros de longitud con una altura y anchura suficientes para que entre una persona. Sin embargo, la forma y la estructura de estos túneles no encajan con ninguna formación natural o humana conocida. Además, las paredes no son irregulares, como las de una cueva kárstica. La sección transversal de estos túneles es perfectamente circular o elíptica. Tienen ramificaciones que suben y bajan con una planificación casi urbanística. Y para acabar, las duras paredes de roca arenisca y roca volcánica están completamente cubiertas de marcas de garras, aunque Heinrich Frank, un veterano geólogo de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul en Brasil, asegura que los animales excavadores no tuvieron nada que ver. Para encontrar una respuesta, los científicos tuvieron que jugar a ser detectives del pasado. Se fijaron en el tamaño de las galerías y en la distancia entre las marcas de las garras. Y todas las pistas apuntaban a los gigantes de la Edad de Hielo. A la majestuosa y colosal megafauna sudamericana. Y más concretamente, al perezoso gigante de tierra, una criatura conocida científicamente como Megatherium, y a sus parientes cercanos como el Lestodon. Un estudio detallado publicado en la revista especializada Ichnos revela que estas cámaras no se excavaron de una sola vez. Los científicos han encontrado evidencias de que los túneles fueron ensanchados, reutilizados y mantenidos a lo largo de generaciones, ya que fue el hogar ancestral de una dinastía de gigantes.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.