
Show Notes
In this episode, Christine Kandie (Endorois Indigenous People, Kenia) shares a deeply personal story of dispossession, resistance, and healing. Following the forced eviction of her people from their ancestral land in 1973, Christine grew up hearing stories of a lake that was like a womb for her community—vital, spiritual, and irreplaceable. In this episode, we follow her journey from a childhood in exile to becoming the founder of the Endorois Indigenous Women Empowerment Network. Along the way, she has challenged layers of invisibility to demand justice, reparations, and recognition. This is a story about the power of memory, identity, and what it means to keep fighting when you are told to forget who you are.
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Alex Lucitante (Pueblo Indígena Cofán, Colombia y Ecuador) sabe que a muchos pueblos indígenas se les ha obligado a hablar el lenguaje del derecho para poder ser escuchados. Aun así, él insiste también en otra lengua: la ciencia ancestral que ha guiado a su pueblo durante milenios y sostiene su relación con el territorio. Los Cofán, conocidos como la Gente del Yagé, han tejido su historia alrededor de este bejuco sagrado. Alex desciende de un linaje que ha resguardado este conocimiento y lo ha protegido en lo profundo de la selva. Su misión es evitar que esta ciencia se apague: mantenerla en el centro de la defensa territorial y ayudar a que las próximas generaciones recuerden que el yagé está vivo, y que también habla.
Mari Luz Canaquiri (pueblo indígena Kukama, Perú) creció sabiendo que el río Marañón es sagrado, porque en él fluye la vida misma. Cuando los derrames de petróleo envenenaron sus aguas y a su pueblo, su voz fue ignorada por ser mujer. Se negó a callar, se unió a otras mujeres Kukama para fundar la Federación Huaynakana Kamatahuara Kana, y lideró con una fuerza que no excluye, que es resiliente e incorruptible. Juntas lograron una victoria histórica: el Marañón se convirtió en el primer río en el Perú reconocido como sujeto de derechos. En 2025, Mari Luz fue reconocida con el Premio Goldman —el “Nobel del Medio Ambiente”— por su lucha en defensa de su río y de su pueblo.
Bárbara Muelas (pueblo indígena Misak, Colombia) es la primera mujer indígena en integrar la Academia Colombiana de la Lengua. Ha dedicado sus 80 años a revitalizar el namtrik, su lengua materna y una de las 65 lenguas indígenas que, pese a siglos de colonización, aún sobreviven en Colombia. Antes transmitida únicamente de forma oral, hoy Bárbara trabaja para dejarla por escrito y así evitar que desaparezca. Hija de terrajeros, en una época en la que los colonizadores obligaban a la nación Misak a trabajar su propia tierra, fue testigo de la recuperación del territorio en la década de 1980 y comprendió que la libertad también significaba recuperar la lengua. Mamá Bárbara tradujo el capítulo étnico de la Constitución de Colombia al namtrik, convencida de que cada lengua encierra una forma única de ver el mundo y de que, al conocerlas, también nos descubrimos a nosotros mismos y los lazos que nos unen a todos.
Para Jacqueline Flores (Pueblo Indígena Asháninka, Perú) ser doctora de plantas es practicar una ciencia ancestral basada en la experiencia directa: hay que tomarlas, ingerirlas, dejar que entren y actúen dentro del cuerpo. Es un conocimiento que se revela a través de la dieta y los sueños, donde las plantas mismas se convierten en guías. Como médica tradicional del pueblo Asháninka—uno de los pueblos amazónicos con mayor sabiduría sobre el uso curativo de las plantas—Jacqueline defiende una forma de sanar que exige tiempo, conexión y entrega. Cuestiona que en las ciudades se haya roto ese vínculo profundo con la naturaleza, y que las personas prefieran remedios químicos y rápidos que solo alivian, pero no curan. Sanar, dice, es un proceso lento que requiere volver a escuchar al mundo más que humano.
Noemí Gualinga (Pueblo Indígena Sarayaku, Ecuador) es una lideresa indígena y miembro del colectivo Mujeres Amazónicas Defensoras de la Selva, una organización que trabaja por la protección de los derechos de las mujeres indígenas y sus territorios. Noemí ha cruzado el río muchas veces y ha aprendido a adaptarse: a la ciudad, a otros idiomas, a distintas reglas. Adaptarse, pero nunca olvidar quién es ni de dónde viene. Eso mismo les ha enseñado a sus hijos e hijas. Para ella, preservar y transmitir el conocimiento —y mantener la relación con su territorio— depende de algo esencial: proteger y cuidar su lengua. Porque es a través del idioma que las niñas y los niños aprenden el conocimiento del bosque, y cómo cuidar y defender sus raíces.