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Los seres humanos creemos que ciertas habilidades, como el arte, la filosofía o, sobre todo, las matemáticas, son un coto privado y exclusivo de nuestra especie o, como mucho, de algunos primates muy desarrollados. Sin embargo, un estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B demuestra lo contrario. Un equipo de etólogos comprobaron en numerosos experimentos que las abejas poseían una mente matemática sorprendente, capaz de sumar, restar y comprender el concepto del «cero». Sin embargo, en ciencia, cuando haces una afirmación extraordinaria, necesitas pruebas extraordinarias que la demuestren. Y entonces, de repente, todo se vino abajo. Un grupo de científicos publicó un estudio demoledor que mantenía que las abejas nos estaban engañando. Los críticos, de hecho, argumentaban que las abejas no estaban utilizando pistas numéricas reales para resolver las pruebas, sino que se estaban guiando por simples trucos visuales. Por ello, un equipo internacional liderado por el doctor Mirko Zanon, del Centro de Ciencias de la Mente y el Cerebro de la Universidad de Trento, y la doctora Scarlett Howard, de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de Monash en Australia, decidieron poner fin a este debate. Gracias a una nueva perspectiva, concluyeron que las abejas no están haciendo trampas. No están reaccionando ciegamente a los bordes o al tamaño de la mancha de color. Están contando.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.