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Hubo un día, en medio de la Guerra Fría, en el que las superpotencias empezaron a mirar hacia abajo, buscando perforar lo más profundo posible en la corteza terrestre, e incluso llegar al manto del planeta. Los científicos estaban convencidos de que, además de los ricos recursos que encontrarían, la información que podrían proporcionar las rocas extraídas de esos pozos súper profundos eran tan importantes como cualquier muestra traída de la Luna. Desde 2023, las noticias de perforaciones nos llegan desde China. Y es que el gigante asiático comenzó entonces a perforar un agujero colosal de 11.000 metros de profundidad. Once kilómetros de herida en la corteza terrestre, en la región de Xinjiang, para intentar alcanzar rocas del sistema cretácico, de hace unos 145 millones de años. Sin embargo, esos once mil metros de los chinos, o incluso los 12.262 metros del famoso Pozo Superprofundo de Kola, en Rusia, son apenas un rasguño. Y es que el radio de nuestro planeta es de unos 6.370 kilómetros. Estamos hablando de que nos queda más del 99% del camino por recorrer para llegar al núcleo interno. Una bola sólida de hierro, tan caliente como la superficie del Sol, pero que se mantiene sólida por la presión inimaginable que soporta.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.