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Un equipo de científicos del Centro de Estudios de la Tierra y los Planetas del prestigioso Instituto Smithsonian ha publicado recientemente un estudio en The Planetary Science Journal en el que han presentado el primer mapa global de unas estructuras geológicas llamadas "pequeñas crestas de los mares" (o SMRs, por sus siglas en inglés). Han descubierto 1.114 nuevas fallas y arrugas esparcidas por las extensas llanuras lunares. Este hallazgo eleva el número total de estas fracturas a más de 2.600. El interior de la Luna, que en su día estuvo fundido y enormemente caliente, lleva miles de millones de años enfriándose gradualmente y, como consecuencia, contrayéndose. A medida que su núcleo y su manto se enfrían y se contraen, la corteza sólida de la superficie se ve sometida a unas presiones de compresión brutales. Como es rígida y no puede simplemente encogerse, termina por romperse. Una parte del terreno es empujada hacia arriba y cabalga sobre el terreno adyacente. Este fenómeno es una "falla de empuje". Ahora, lo que el nuevo estudio ha logrado confirmar, cruzando los datos antiguos del Apolo con este nuevo mapa de fallas jóvenes, es que el origen de los violentos sismos superficiales que se producen en la Luna son precisamente estas fallas de empuje formadas por la contracción lunar. Este descubrimiento tiene su relevancia para la misión Artemis II de la NASA, que se lanzará el próximo 6 de marzo, y para posteriores misiones. La ampliación de la lista de estas zonas de fallas en los mares lunares, eleva el nivel de riesgo para los futuros exploradores humanos. Si se produce un sismo durante una de las misiones, podría provocar el colapso de laderas enteras, deslizamientos de tierras y daños irreparables en los equipos, los paneles solares de las misiones o las propias estructuras donde vivirán los astronautas. Por ello, conocer dónde están estas fallas jóvenes activas y comprender la dinámica termal y sísmica del interior lunar no es solo una curiosidad científica, es una cuestión de supervivencia para garantizar el éxito y la seguridad de las misiones Artemis.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.