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Muchos cristianos ven los problemas de salud mental como un estigma y suponen que quien los padece tiene una debilidad espiritual. Sin embargo, la ansiedad, la depresión o la tristeza no son pecados; son señales de alerta que revelan heridas, cargas o luchas internas que necesitan atención y cuidado. Cuando nuestra mente colapsa, no significa que nuestra fe ha fallado. Más bien, es señal de que tenemos que depositar nuestras cargas en las manos del Señor. Es el tiempo de elevar una oración sincera, de hacer una pausa para permitir que Dios haga lo que solo Él puede hacer y de agradecer y alabarle, confiando en que Él sigue obrando en nosotros aun antes de que podamos ver Su provisión.
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El verdadero cristianismo no es una religión. No se trata de ser «llamados» a convertirnos en evangelistas, profetas o misioneros, sino de vivir una fe auténtica que refleje a Jesús en cada uno de nuestros actos. Debemos negarnos a vivir encerrados en una «burbuja egoísta», cerrando los ojos ante el sufrimiento de quienes han perdido la esperanza. Es hora de dejar de ponernos en cuarentena, de abandonar esa mentalidad de «nosotros, los evangélicos» y comenzar a decir: «Nosotros, los mundanos».
En ocasiones, nuestra vida espiritual se vuelve rutinaria y monótona. Servimos a Dios de manera mecánica, hasta el punto de aburrirnos. Estamos tan anestesiados que, cuando surgen los problemas, en lugar de orar y buscar al Señor, nuestra respuesta instintiva es preocuparnos. Pero debemos aprender a caminar por fe y confiar en el Autor de la vida, en ese guionista que, a veces, parece estar escondido como Wally. ¡Dios está más cerca de lo que pensamos! Sólo tenemos que abrir los ojos y extender un poquito más nuestro dedo.
Todos tenemos hábitos que no podemos controlar, fallas que no podemos corregir y defectos que no podemos enmendar. ¿Por qué, entonces, nos enojamos tanto ante el mal comportamiento de los demás y justificamos con facilidad lo que hacemos mal? Recordemos que Jesús no se caracterizaba por su enojo. Cuando Jesús se indignó, volcó mesas, no agredió a personas. La próxima vez que encuentres a gente difícil, antes de enojarte y tener un día de furia, piensa en lo difícil que puede ser para los demás vivir contigo.
Todos, de alguna manera, estamos rotos. En algún momento de nuestra vida hemos sufrido burlas, insultos o apodos; nos han marginado, menospreciado, ignorado o herido física, emocional o psicológicamente. Quizás fue por accidente, por malicia o por azares de la vida; cualquiera que sea el caso, la rotura deja marcas de dolor, recuerdos tristes y traumas. Sin embargo, nuestra rotura no nos define. Por el contrario, traerá gloria a Dios cuando comprendamos que, para Él, no somos víctimas, sino vencedores. Está en nosotros el aceptar hoy Su invitación a vivir como Sus hijos, sentados a Su mesa, confiando en Su amor y misericordia.
En ocasiones, el deseo de tener una «seguridad financiera» es lo que nos impide dar. Amamos acumular cosas: las vemos, las queremos, las compramos, las exhibimos y las guardamos. Y cuando nos enfocamos en las cosas que queremos, en lugar de en las necesidades de los demás, nada será suficiente y nuestro corazón se irá haciendo más pequeño cada día. La «riqueza de tener» significa tener más cosas. La «riqueza de ser» tiene que ver con dar más de nosotros mismos. Recuerda que Jesús estableció un vínculo entre el amor y el dinero. Podemos dar sin amar, ¡pero no podemos amar sin dar!