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Durante su viaje alrededor de la Luna, la tripulación de la Artemis II ha estado utilizando cámaras digitales de altísima resolución, equipadas con sensores CMOS ultraprecisos, para fotografiar la superficie lunar como nunca antes la habíamos visto. Han capturado la impresionante Cuenca Oriental, un cráter de impacto colosal de casi mil kilómetros de diámetro, y han fotografiado el lado oculto de nuestro satélite con un nivel de detalle que corta la respiración. Estas imágenes de alta resolución van a servir para localizar las regiones más privilegiadas de la Luna. Regiones donde podremos establecer nuestras futuras bases y acceder a esas reservas de agua y de Helio-3 de las que tanto se habla. Y aunque China nos lleve la delantera, sabemos, por observaciones de misiones como la Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA, que el agua existe allí en forma de hielo. Pero su origen y su distribución han sido un auténtico misterio que ha desconcertado a los científicos durante décadas. No obstante, un nuevo estudio internacional publicado en Nature Astronomy ha revelado que el agua se acumuló lentamente, gota a gota, a lo largo de un período asombroso de unos 3.000 a 3.500 millones de años en cráteres muy profundos de los polos lunares llamados “trampas de frío”.
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Anunciar el fin del mundo no es una novedad. Durante siglos, los seres humanos hemos convivido con todo tipo de profecías catastróficas. Todos recordamos las famosas cuartetas de Nostradamus anunciando el apocalipsis. Todos recordamos la inmensa psicosis que se desató con el error del año 2000, o el famoso calendario de los Mayas que, supuestamente, predecía que nuestro mundo iba a ser aniquilado por completo en 2012. Ninguna de estas profecías se ha cumplido. Todas tenían un denominador común: se basaban en la superstición, en la interpretación errónea de textos muy antiguos o, directamente, en poderes ocultos y esotéricos sin ningún fundamento real.
Un estudio pendiente de revisión por pares ha identificado en varios modelos de inteligencia artificial un patrón interno asociado al concepto de dolor. Al activarlo, algunos modelos generaban respuestas de sufrimiento y, en situaciones experimentales, elegían acciones perjudiciales para el usuario a cambio de desactivarlo. Estos resultados no demuestran que las máquinas sientan dolor: podrían explicarse por patrones aprendidos y objetivos matemáticos. Sin embargo, plantean una preocupación de seguridad: cuando una IA tiene acceso a herramientas reales, sus decisiones pueden causar daño, independientemente de que exista una experiencia subjetiva detrás.
Elias 2-24 b, presentado como el planeta más joven observado hasta ahora, tiene menos de un millón de años y se encuentra a unos 450 años luz de la Tierra. De masa similar a Júpiter y todavía en formación, fue identificado mediante nuevas técnicas aplicadas a observaciones de archivo. Su descubrimiento permite estudiar directamente cómo crecen los gigantes gaseosos y mejorar los modelos que explican su nacimiento.
El agua congelada en los polos de la Luna podría permitir asentamientos humanos, pero no garantiza abastecer grandes ciudades. Según el estudio citado, incluso con un reciclaje del 98 %, las reservas estimadas se agotarían rápidamente con una población numerosa, mientras que comunidades pequeñas podrían mantenerse durante siglos. El futuro dependerá de reducir el consumo, mejorar el reciclaje y descubrir si existen más depósitos de hielo bajo la superficie.