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Once órdenes de cateo. Trescientas páginas selladas durante casi dos años. Cuando por fin se abrieron, el mismo historial de búsquedas en un teléfono contaba dos historias completamente distintas.
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El juez ya respondió una de las dos mociones de la defensa — y no es la respuesta que Reddington quería escuchar. Pero la pregunta más grande del caso sigue completamente abierta.
Mientras una corte penal no lograba ponerse de acuerdo, otra demanda —civil, silenciosa, casi ignorada— empezaba a preguntar algo distinto. ¿Y si la verdadera falla nunca fue de ella?
Treinta y ocho horas de deliberación. Un jurado dividido casi por completo. Y una hora final, de emergencia, ante la corte más alta del estado, para intentar cambiar lo inevitable.
"Era casi como si alguien más estuviera moviendo los hilos." El mismo perito que ayudó a absolver a una madre en Texas hace veinte años, ahora testificando en este caso. ¿Coincidencia, o algo más?
La fiscalía dice que ella calculó cada minuto. Que sabía exactamente lo que hacía. Setenta testigos, un conteo de pastillas, y una llamada al 911 que se volvió a escuchar, esta vez frente a un jurado.
